Comentario

CRISTIANO ORTODOXO Y CATÓLICO

 

 

 A CERCA DE LA ORACIÓN  

Creo en un solo Dios, Padre ...

Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, ...verdadero Dios  de Dios verdadero, ...

Y en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado...

Estas palabras santas nos recuerdan el Símbolo de nuestra Fe. Debemos aprenderlo de memoria ya que, junto con el "Padre nuestro", nos es necesario para ganar la Salvación eterna donada por Dios a través de Jesucristo. El Símbolo es el saber acerca de la Salvación y el "Padre nuestro" es el medio para suplicar y pedir por tal don. Levantamos nuestra mente y corazón a Dios inspirados y guiados por lo que sabemos de Dios. Y conocemos a Dios a través de la vida y palabras de Jesús.

Los sufrimientos como hombre de Nuestro Señor Jesucristo mueven a compasión a cualquiera que los contemple y medite. Y así nos creemos que le correspondemos con una sensibilidad estimativa. Sin embargo, no nos damos cuenta que lo más importante de la misión del Señor al mundo fué su enseñanza o revelación del Padre. Esto es, abrir el conocimiento o dar noticia, Evangelio , de nuestro Creador: Quién es, Qué es y Cómo es. ¡No un asunto cualquiera para sus criaturas!

Por lo tanto, el conocimiento y saber que el Creador es también nuestro Padre, que el Hijo de Dios es también hombre y que el Espíritu Santo de Dios es nuestro Auxiliador y Confortador, nos fortalecerá y asegurará,  levantando nuestra mente y corazón, para pedir por nuestra salvación y la de todo el Mundo. Lo hacemos con palabras, pensamientos y, mucho más secretamente, con deseos.

Sin embargo, también nos damos cuenta que somos muy limitados en el contenido de nuestra plegaria. A veces porque la visión de nuestro corazón desea abarcar toda cosa, todo suceso de la historia, del presente y del futuro y nosotros, llenos de amor por todo ello, lo presentamos delante de nuestro Dios pidiendo que todo sea distinto de lo que fue, de lo que es y de lo que pueda ser. Otras veces nuestra visión se reduce a nuestras necesidades materiales y temporales, como nuestra pobreza, nuestras dificultades con marido o mujer o hijos, nuestra salud, nuestro éxito o fracaso en prosperidad. etc., etc. ¿Es así cómo levantaremos nuestras mentes y corazones a Dios? Tenemos un problema: no sabemos cómo orar.

Este es un problema de tiempo inmemorial. Aprender a orar era también un problema para los discípulos de Jesús. El Señor les instruyó en el arte de orar: 

 " ...tú cuando ores entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y orando no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar. No os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes que se las pidáis. Así, pues, debéis de orar:

Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea el tu nombre; venga a nos el tu reino; hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día, dánosle hoy;  y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación; mas líbranos del Malo" (Mt. 6:6-13).

 La santa madre Iglesia ha transmitido esta enseñanza a ti, lector, y a mí, que nos encontramos dos mil años después de haber sido enseñada por Jesucristo. Esta es la razón de ser de la Santa Iglesia, enseñar lo que Jesucristo enseñó:

"...enseñad a todas las naciones, ...enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado" (Mt. 28:19-20).

Esta obligación de enseñanza es ejercida por la Iglesia de muchas maneras, pero, en mi opinión, la más importante es no solamente enseñar pero, también, dirigir como oramos. En la vida temporal del Señor, vemos que, algunas veces, el Señor se retiraba a orar en soledad y otras oraba en grupo con sus discípulos, o ya en la sinagoga del lugar por donde pasaba, o ya en el Templo de Jerusalén, observando lo prescrito en la Ley. Por tanto, la Santa Iglesia, a través de los siglos, mantiene cierta rutina que llamamos vida litúrgica o pública al mismo tiempo que nos señala, también, una rutina privada y secreta para cada uno de sus hijos. Ahora bien, esta rutina privada de oración está inspirada en la vida litúrgica o pública de la Comunidad Cristiana.

Antes de seguir adelante con nuestro tema, permíteme, lector, hacer una aclaración que considero muy conveniente en estas fechas en que vivimos. Como Cristianos somos hijos de Dios, a causa de nuestra fraternidad con Jesucristo, quien asumió nuestra Humanidad. Hoy, en la Iglesia Latina (o la Iglesia Católica Romana), como en las iglesias o grupos nacidos de la Reforma Protestante de la Iglesia Latina, hay la moda de describirnos como el Pueblo de Dios. Esto es una referencia inspirada en el Antiguo Testamento más que en el Nuevo. En verdad, somos, en conjunto terrenal y temporal, el Pueblo de Dios, la Nación de Dios, el Nuevo Israel. Pero en singular, como individuos, somos hijos de Dios. Esta es la razón por la que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a orar así, "Padre nuestro que estás en los cielos." Nuestra filiación divina se consuma en la Vida Eterna y se construye en nuestra vida terrena y temporal. La Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica es la Esposa y Cuerpo de Jesucristo y nuestra Madre. Ya que, como hijos de Dios,  somos engendrados en ella como una nueva criatura por el Bautismo, construyéndonos y creciendo mediante el cumplimiento de los Mandamientos de Dios, junto con el alimento recibido por los santos Sacramentos.

El levantar la  mente y el corazón nuestros a Dios es una conversación con nuestro Padre, y Padre de Nuestro Señor Jesucristo; con El mismo, quien dijo que estaría con nosotros "siempre hasta la consumación del mundo"(Mt. 28-20); y también con el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, que el Padre nos ha donado a morar en nosotros, eternamente, como Auxiliador y Confortador (Jn. 14:16-17)

Más aún, este dar del Espíritu Santo se nos ha dado a través de la plegaria de Nuestro Señor a su Padre cuando , obedeciendo al mismo Padre, El tuvo que aceptar el término de su Vida temporal con su Muerte de Cruz, Resurrección y Ascensión a los Cielos (Jn. 14:16, 16:7 y 17:20-26).

Este levantar de la mente y corazón se expresa con palabras, pensamientos y, más íntimamente, con deseos. Requiere actividad personal, la acción de comunicar, explicando y expresando nuestras necesidades y deseos, etc. Pero no debe ser una acción egoísta, centrada en nosotros sino, primero, una glorificación de Dios por sus divinas perfecciones; segundo, una acción de gracias a El por sus mercedes y misericordias; y finalmente, pedir por nuestras necesidades. Así que hay tres etapas en el plan de la oración: alabanza, acción de gracias y petición.

Si examinamos el desarrollo de los Oficios, o cultos litúrgicos, en la iglesia, observaremos qué bien se sigue esta norma de acuerdo con los textos y rúbricas, esto es, el Typikón. Pero, insisto, se requiere de nuestra parte actividad, también, en la iglesia,  y no sólo un escuchar, incluso, si es atentamente. Una de las maneras de participar es el inclinarnos ligeramente e incorporándonos haciendo la señal de la Cruz, aplicando así al cuerpo lo que oímos con nuestros oídos o vemos con los ojos. Es decir, cuando hacemos algo que nos es importante, como  la oración es, lo debemos hacer con solicitud y atención.

Hay que admitir que en muchas de nuestras iglesias la rutina invade nuestra atención y la solicitud desaparece. El sacerdote entona el "Bendito sea nuestro Dios" y el lector o cantor se dispara con el Trisaguion y oraciones preparatorias sin ninguna solicitud y menos atención, ¡a veces mientras prepara los libros necesarios para el oficio, etc...! Estas son unas oraciones de capital importancia no solo para el cantor, también para el resto de los fieles, porque ellas nos preparan para entrar en la presencia de Dios.

El Sacerdote, que ocupa la visible presencia de Jesucristo (en nombre del Obispo) confiesa la existencia de Dios, "EL QUE SOY" - "Ο ΩΝ" :

"¡Bendito sea nuestro Dios ahora y siempre y por los siglos de los siglos!"

Todos debemos contestar "Amen." Palabra hebrea que expresa nuestro asentimiento, "así sea." San Jerónimo la llama "el sello de la plegaria." Ella nos une con la Iglesia hebrea del Antiguo Testamento (Dt. 27:15 y siguientes), y con la Iglesia en tiempo de los primeros Cristianos  (1 Cor. 14:16) y así también con el Señor mismo, quien usó la palabra Amén cuando empezaba una afirmación solemne, as en Mateo 23:36, αμήν λέγω υμίν- [Amen dico vobis, (algunas traducciones prefieren traducir, en verdad os digo, probablemente influídas por las traducciones protestantes inglesas que lo hacen as verily ó truly ó in truth)].

Entonces, el Sacerdote  en un acto de humildad, sugerido por el pavor ante la Creación, proclama:

¡Gloria a Ti, Dios nuestro, gloria a Ti!

Para seguir con la sorprendente invocación al Abogado, Auxiliador y Confortador que Jesús pidió para nosotros y el Padre nos envió:

¡O, Rey celestial! Confortador, Espíritu de Verdad, que estás en todas partes y llenas las cosas, Tesoro de todo lo bueno, Dispensador de Vida, ven y mora en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva nuestras almas, ¡O Bondadoso!

El Espíritu Santo contiene y gobierna todo el mundo, todo lo que vemos y todo lo que no vemos, incluso a los ángeles que hacen Su Voluntad en el Cielo. El nos auxilia y consuela en tristezas y tribulaciones. El es nuestro Abogado y defensor, nuestro Intercesor (Jn. 14:16 y 15:26). El nos revela la enseñanza verdadera para ordenar nuestra vida de tal manera que consigamos la salvación eterna. El está con nosotros y está a miles de kilómetros de nosotros. Toda la Creación está llena de su poder y gracia. Porque El es la fuente de toda bondad, El es el tesoro de todo lo bueno.  Como Dios, con el Padre y el Hijo, El da vida a todos y a todo, a ángeles, humanos, animales y plantas, y da y sostiene las leyes de la naturaleza. El, especialmente, nos da a los Cristianos católicos ortodoxos la vida espiritual en el Bautismo,  la Unción del Santo Crisma, la Santa Comunión, así  como en los otros Misterios, o Sacramentos de la Iglesia. Sin El no podemos vivir como debiéramos, porque no tenemos fuerza suficiente de nosotros mismos, pero por su morar en nosotros recibimos el poder para cumplir los Mandamientos de Dios. Pecando nos hacemos enfermos e impuros y El nos sana y limpia de toda mancha de pecado. Así nos restaura a la Gracia, haciendo santas nuestras almas y agradables a Dios, salvándolas para la Vida Eterna, libres de tormentos y felices después de nuestra muerte.

Estos y muchos otros pensamientos deberán llenar nuestras mentes atentas cuando levantamos nuestros corazones en oración a Dios. Ellos son la materia de conversación con la Santa Trinidad como Unidad, o con cada una de las Personas: con el Padre; con el Hijo, esto es, el Verbo (la Palabra), o Logos, de Dios, quien se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn. 1-14) para nuestra salvación; y con el Espíritu Santo.

Entre nuestros pensamientos estará el recuerdo de nuestros pecados. Pensamientos de culpabilidad y pesadumbre inundarán el corazón, tanto que en la profundidad de nuestro ser clamamos:

¡O, Dios! ten misericordia de mí, pecador.

¡O, Dios! Lava mis pecados, y ten piedad de mí

¡O Señor Jesucristo, Hijo de Dios Vivo, apiádate de mí!

¡Soberana mía, Santísima Virgen, Madre de Dios, sálvame a mí pecador!

¡Santo Ángel de mi guarda, protégeme de todo mal!

Despacio, pero muy de verdad, entramos en la presencia de nuestro Dios, nuestro Creador y Padre, nuestro Redentor, Juez, Hermano y Salvador, y de nuestro Auxiliador, Abogado, Confortador y Rey. 

Entonces, entramos en aquella repetición contemplativa de la grandiosidad de Dios:

"Santo Dios, Santo Fuerte, Santo inmortal,"

Pero ahora mezclada con nuestra nada y nuestros pecados

"ten piedad de nosotros." - "Kyrie eléison"

San Juan Damasceno dice que esta plegaria fue compuesta de dos citas del Antiguo Testamento. Nos recuerda la doxología seráfica en Isaías (6:3-7) y el Salmo 41:2, Εδίψησεν η ψυχή μου πρός σέ τόν Θεόν, τόν ισχυρόν, τόν ζώντα - "Mi alma está sedienta del Dios Fuerte y Vivo." Y San Clemente, cuarto papa de Roma, dice en su primera carta que nos debemos reunir en la asamblea con esta plegaria, en  concordia, solicitud y atención. 

Repetimos tres veces la invocación y cada vez se acompaña con una inclinación de la cabeza y de los hombros y nos erguimos haciendo la señal de la cruz. Se la llama el Trisaguion, no solo en la Iglesias Orientales también en la Iglesia Latina (yo recuerdo cuando niño que nuestro párroco lo hacía cantar en la versión española: "Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, líbranos Señor de todo mal.)"

Como consequencia de la visión del Trisaguion irrumpimos con júbilo en la glorificación de la Santa Trinidad:

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo....

Recordándonos Rom. 11:36, Exod. 15:18 y Salmo 92:2. Parece que esta glorificación se compuso en oposición a la enseñanza herética de Ario y otros, por los santos Patriarcas Meletios y Flavián de Antioquía. Así la palabra "gloria" establece que es una, como la Trinidad es una en esencia. Y las palabras "Padre", "Hijo", y " Espíritu Santo," son en oposición a Sabelius que reconocía una sola Persona en la Trinidad. La Santa Madre Iglesia hace uso profuso de esta plegaria de glorificación a la Santísima Trinidad, de un lado para recordarnos del desgarro que son los puntos de vista heréticos y, de otro, para enseñarnos la constancia de sus doctrinas eternas e inmutables.

En nuestra página de RECEPCIÓN, Lector, tienes estas oraciones con las que empezamos siempre nuestra oración, sea litúrgica o privada. A veces todo canto se interrumpe para  repetirlas. Ellas forman como un conjunto inseparable, y hacia el final de cualquier Oficio volvemos a ellas. Tienen el   efecto metódico de devolver nuestra atención a la gran presencia de Dios, La Trinidad Santa del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo 

La solicitud y atención, de nuestra mente en nuestro corazón, recibe la venida y presencia de la Santísima Trinidad en nosotros. Y así nos habilitamos para entrar en la grandiosidad y, al mismo tiempo, intimidad de los Oficios de nuestra Iglesia. Con nuestra santa madre la Iglesia oramos: alabando, dando gracias y rogando al Amante de la humanidad.

Permítaseme terminar con esta nota, si bien pueda parecer un enjuiciamiento de mis superiores jerárquicos. Los Obispos, Sacerdotes y profesores o maestros, quiero decir los educadores, de nuestra Fe Cristiana tienen, no sólo la obligación de enseñar esta oraciones pero, también, el deber de guiar nuestro pueblo en la forma de rezarlas con solicitud y atención. Tenemos todos que confesar el hecho triste de cómo nuestros cantores y lectores-como también sacerdotes y diáconos-pasan atropelladamente por ellas, con tal vacío del corazón, sin atención de la mente, que sería mucho mejor que las omitieran. Por lo menos, no ofenderían a nuestro Dios Santo. En los últimos años de vida en que me encuentro no tengo la menor duda que nuestro Juez, Jesucristo, en el Día del Juicio, pedirá cuentas a los Obispos y a nosotros, los Presbíteros, no sólo como las hemos rezado pero, también cómo hemos permitido a los Cristianos rezarlas sin solicitud y sin atenta devoción. Ellas se deberían rezar por todo el pueblo a una voz, y no por una sola voz.

© Protopresbítero Kyrillos LERET-ALDIR

2 de Febrero de 2003. Fiesta de la Presentación de Nuestro Señor en el Templo.

 

La Santisima Trinidad, conocida también como  La Hospitalidad de Abraham, de finales del siglo XIX. Conservado en el Monasterio de Valamo, Finlandia. © Conciliar Press, 2003 (con permiso).

 

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